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derrotero del indio nicolas

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derrotero del indio nicolas

Mensaje  j abran el Vie Jul 18, 2014 5:58 pm

ahi les va un derrotero pa los compas de chihuahua , a los moderadores si es un repost pues que lo quiten.

Yo el presbítero Mario de Jesús Vázquez fui llamado el 10 de octubre del año del señor de 1852 para confesar a un indio centenario que según pude comprobar tenía 102 años de edad y aún hablaba y rezaba bien claro y con una memoria digna de encomio y admiración. Éste estaba grave por haber recibido una patada que le dio un macho rompiéndole dos costillas y produciéndole vasca de sangre y calentura muy fuerte. El sitio donde estaba tenía fuerte olor a varias hierbas entre ellas el chuchupaste, raíz de olor peculiar muy usada entre los indígenas; me esperé a que le hicieran una curación y mientras, hice dos bautizos urgentes. Una vez al lado del enfermo me hizo saber que él se llamaba Nicolás y que todos le decían el Tío Nicolás. Confesado y administrado me dijo que quería hablar conmigo respecto al tesoro. Por no contrariarlo, porque su mirada reflejaba honradez y sinceridad, me puse a oír cuanto aquí me relató. Me dijo que él era espía del famoso Chato Nevárez, llamado Pedro, que él varias veces llevó a la partera vendada de los ojos, una tal Marianita, para que atendiera de parto a la mujer del Chato. Y una vez dentro de la cueva, le quitaba la venda y quedaba libre de acción. Y que en dicha cueva había varios boquetes que servían de traga luz y uno de ellos para la salida del humo. Por lo que entiendo y pude estudiar, supe que había varias oquedades y una de ellas con circulación de viento, dentro tenían chimeneas y utensilios de cocina, sitios para las monturas y los comestibles necesarios así como muchas y distintas armas; por una de estas ventanas naturales podían verse muy bien las copas de los árboles. En otra oquedad muy amplia había macheros hechos con barras de plata y oro con amplitud suficiente para que pudieran comer cuarenta caballos.
Me dijo que el nombre de esa sierra es el de la Sierra Azul y que el punto al que se refería se encontraba cerca del rancho La Higuera, donde nos encontrábamos. Cuando éste relató diciéndome que en estos lugares eran donde merodeaban varias gavillas y me dio el nombre de algunos cabecillas que con el tiempo pude comprobar que era exacto como: J. Aldaco, El Chaparrera, El Zurdo, Chaqueta de Cuero, El Caporal Rojo, El Cicatrices, El Tuerto y El Chato. Este lugar con anterioridad fue refugio de indios y malhechores por estar cerca del Chuvíscar, pues hasta ahí se oía el sonido de la campana mayor de la santa parroquia Catedral. Este buen hombre dando vuelo a su fantasía y recuerdos hizo acopio de anécdotas que había presenciado asegurando que no había en el mundo tesoro más grande que el que encerraba esa sierra. Le pregunté que si él sabía algo respecto a la Sierra de la Silla y me dijo que sí, pero que no tenía la importancia que el de la Sierra Azul y que un día él me llevaría, si Dios le permitía, al Agua Escondida y a Nevárez chiquito, y que ahí había algunas cajas enterradas con onzas de oro que él mismo había ayudado a enterrar dedicadas a los hijos del Chato Nevárez. Que detrás de la canoa del cerro de Los Frailes, había un camino hecho a punta de barra que fue hecho para trasladar el tesoro que allí había y que fue encontrado por el Chato Nevárez por casualidad. Tardaron más de dos años en trasladar las riquezas para depositarlas en la Sierra Azul, donde ya anteriormente había riquezas que no se sabe quién las había dejado. Y que había en la Sierra Azul una mina rica que tenía mucho ademe de madera y que había algunos hundidos, que presentaban peligro no sabiendo la entrada. Juróme y perjuróme que él sabía la entrada exacta y me repitió que era el tesoro más grande que sabía pudiera haber en estas tierras. Díjome también que le rogara al Santo Niño y a la Virgen de Guadalupe que se aliviara y él me llevaba, que de ahí de rancho de la Higuera era cercas; le di la bendición y le obsequié una medalla y quedé de mandarle unas medicinas. Al despedirme me dijo: “Nomás que Dios me dé licencia y lo llevo al lugar que le digo”. Regresé al cumplimiento de mi misión y le mandé con un hombre de confianza las medicinas prometidas. Pasado un mes y medio, casi ya olvidado de todo lo oído del Tío Nicolás y dedicado a atender mis muchas ocupaciones que requerían el celo cristiano, una mañana acabando de oficiar frente al altar de Santa Rita de Casia, vi que un hombre me seguía a la sacristía y mientras yo me despojaba de los santos ornamentos me dijo: “tata cura vengo a decirle que Tío Nicolás lo está esperando debajo del acibuche de aquí afuera; inmediatamente recordé la mirada y el rostro del buen Tío Nicolás y di gracias a la Providencia por habernos oído en nuestra petición de darle su alivio pronto. Me fui a verlo y me encontré con aquel viejo centenario que todavía estaba en condiciones de cumplir la promesa que me hiciera; se hincó y me besó la mano y al levantarse noté
un gesto de dolor que se reflejaba en su cara y me preguntó: “¿ya nos vamos?, yo ya estoy listo”, y levantándose con las dos manos y el viejo bordón en que se apoyaba, me apuntó rumbo al Chuvíscar y me dijo: “ahí nomás está muy cerca”. Brilló una mirada de satisfacción y al sonreírse pude verle los raigones de los dos únicos dientes que le quedaban y vino a mi memoria la edad del Tío Nicolás y el estar hablando efectivamente con un centenario. Admiré la resistencia de este buen hombre con más de un siglo sobre su espalda y le mandé que descansara esa noche cómodamente en la casa de huerta a espaldas de Santa Rita. Para otro día con la ayuda del Altísimo emprendimos la marcha, que picaba mi curiosidad y era un motivo de estudio. Otro día después de celebrar misa, nos pusimos en marcha, el camino fue penoso para el pobre Tío Nicolás a quien entre un pujido peculiar se le oía un quejido que me hacía sospechar que seguía enfermo el viejo. Al fin llegamos a un arroyo que desemboca en el río Chuvíscar cuyo remate me dijo era la entrada de la mina, pero me dijo: “esto no es lo mero bueno”. En lugar apropiado pasamos la noche y al calor de la hoguera le oí decir nuevamente nuevas anécdotas que el viejo conocía y al terminar se le llenaban los ojos de agua, preguntándome que si los muertos estorbarían para que los vivos sacaran su tesoro, confortándole con palabras cristianas, nos entregamos al sueño. Otro día seguimos nuestra caminata y ya cerca de la cumbre de la sierra me señaló un peñasco que tenía mal esculpida una Santa Cruz y me dijo: “aquí tapé yo un ojito de agua”. Por fin llegamos a la parte más alta de la sierra donde se domina muy bien a la redonda, en esta parte me señaló una oquedad que da hacia el centro de la sierra y me dijo: “esta es la única entrada que hay por aquí arriba a donde está el interés, aunque es un poco peligroso”. En este sitio entramos arrastrándonos como unas ocho varas y encontramos una “y griega” y agarramos por el lado derecho y bajamos por una escalera de muesca hecha de táscate y me dijo que el otro conducto era muy frío y que como zumbara muy fuerte el viento y nos apagaría las velas, tomé todas las precauciones necesarias y pude darme cuenta que parte de este conducto era natural, pero ya adentro había trozos de madera apuntalando las partes menos macizas. De ahí bajamos por un caracol a una profundidad considerable donde sentimos mucho calor, atravesamos por una garganta muy angosta, llegamos a un espacioso salón donde me sorprendí al ver una riqueza tan grande que es difícil de describir, pues efectivamente había zurrones de cuero llenos de oro en distintas formas. En el centro del salón se encuentra la entrada a otro salón al que bajamos por una escalera y ahí pude ver los macheros hechos con barras a manera de adobes, sillas de montar, machetes, cobijas, sombreros, espuelas, armas, herraduras y muchas herramientas de mina. En un rincón había un montón de carbón de pino y según mis
cálculos esta es la entrada y viene a quedar al nivel del arroyo. Me explicó el Tío Nicolás que había muchas entradas tapadas, se sentía mucha humedad y con dificultad respirábamos. Me dijo que al lado donde estaban las sillas de montar había otro conducto tapado: “ahora sí tata cura, si Dios se acuerda de mí, ya he cumplido mi promesa”. No queriendo ver ya tanta riqueza, hice una oración y le insistí a que nos saliéramos temiendo que se hiciera tarde y no hubiera luz para rezar mi santo oficio. Entre de lo que ahí saqué fue un Cristo de marfil, con adornos de oro y el morral del que saqué mis alimentos, lo llené hasta la mitad de monedas de oro y él no quiso sacar más que unas cuartas y unas espuelas; lo que más me sorprendió fue que la salida no fue por el mismo sitio de la entrada. Peligroso fue por cierto para mi cuerpo y obesidad el camino de la salida en el que el Tío Nicolás me indicó varios puntos que no pude explorar, pero que me dijo se encontraban llenos de metal muy rico; tanto a él como a mí nos lloraban y nos ardían los ojos, la boca nos sabía amarga a sabor de cobre, sentía náuseas y dolor de cabeza y en fin, me sentí enfermo y con calentura. Como el Tío Nicolás caminaba delante, de súbito pegó un grito y me dijo: “ahí está, balanceándose, uno de los muertos que colgamos”. Por un momento mis ojos creyeron haber visto lo que el Tío, pero después de implorar en una oración al Espíritu Santo, que me iluminara, me acerque hasta donde se proyectaba el fantasma y me di cuenta que era una reata que se proyectaba con el mortecino rayo de luz de nuestra vela, efectivamente a mis pies varios esqueletos y temiendo que las velas se nos acabaran, me apresuré haciendo un esfuerzo ayudando al Tío a quien ya le flaqueaban las piernas. Por fin salimos a un sitio en el que el cielo se veía y pudimos respirar a pulmón lleno, y confortados al vernos ya fuera de peligro, pudimos darnos cuenta de que ya era de noche sin que pudiera yo saber en dónde me encontraba. A poca distancia de la salida traté de orientarme, pues me di cuenta de que el Tío Nicolás desvariaba y hablaba con muertos que decía nos seguían diciendo que a muchos de esos pobres él los había matado; ya encontrando un sitio adecuado para descansar y pasar la noche, traté de animarlo pues la fatiga, la nerviosidad y la falta de alimento nos había agotado, no pudiendo siquiera recoger leña ni hacer arder la yesca para poner lumbre. Lo dejé por un momento para ir a una parte dominante y orientarme por los astros tratando después de un descanso de dar con el paraje donde el mozo nos esperaba, pero no lográndolo regresé a donde estaba el Tío, a quien con gran dolor y tristeza comprobé que ya la vida se le escapaba, aquella vida tan larga y tan agitada por más de cien años que en un instante se terminaba, tocaba su fin y le tocaba ya ir a rendir cuentas al Ser Supremo, ayudándolo a bien morir, lo absolví y le puse en las manos el Cristo de marfil.
Dejándolo me retiré para buscar auxilio y a distancia pude al fin distinguir la luz de la lumbre que en el paraje tenía Juan, nuestro acompañante, ya estaba desesperado ¡oh, condición humana!, qué terrible es la muerte cuando la vida no ha sido ordenada. Ya con la ayuda de Juan y aunque mis fuerzas casi me habían abandonado, conseguimos, ya cuando el día había aclarado, llevar el cuerpo del infatigable Tío Nicolás, hasta el paraje. Otro día, con ayuda de algunos vecinos, procedimos a darle cristiana sepultura con el profundo dolor de mi parte de dejar así al compañero de aquella breve pero interesante aventura que tanto se grabó en mi vida. Hermano religioso, hermano seglar, si dudas de lo que aquí he asentado, he dejado, busca la Sierra Azul situada al poniente del cristiano pueblo de Chihuahua y ahí con fe y optimismo y trabajo, comprobarás que ahí existe esa inmensa riqueza que mis ojos vieron y mis manos tocaron. Pensarán que por qué no la extraje yo mismo, pero en cumplimento de mi misión sacerdotal, tuve que salir a lugares distantes en los que conservé la esperanza de algún día volver a esas inolvidables y queridas tierras de América y poder hacerlo, pero como ya mi salud se mina, y los muchos años me acercan al final, he decidido dejar los presentes datos por escrito en esta tierra de Navarra, mi querida Pamplona, con la esperanza de que manos y conciencias cristianas lleguen alguna vez a aprovechar buenamente lo que ahí existe y se haga buen uso de esas riquezas, valores ya que el Ser Supremo se encargará premiar o castigar, como se premia a toda buena acción, se castiga todo hierro. Yo sólo pido que se haga todo bien posible al que sufre más A.M.D.S.S. UM.S. Vázquez.
Bajo juramento testimonial que es copia fiel sacada del original. Firma María del Jesús Vázquez, sacerdote.
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derrotero del indio nicolas

Mensaje  aglz el Vie Jul 18, 2014 8:16 pm

Buena historia del derrotero camarada, ahí está para los que son de chihuahua, para dedicarle un buen para su localización, pregunten a las personas de edad, si conocen los nombres de los cerros y a seguir las pistas. study  y a dar con el :tesoro: suerte.
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Re: derrotero del indio nicolas

Mensaje  Charlymex el Lun Jul 21, 2014 9:51 pm

gracias compañero,muy buena historia, como siempre nos deja volando la imaginación y esperando un día tener la gran suerte de encontrar algo así, saludos.
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Re: derrotero del indio nicolas

Mensaje  Gabriel Rocha el Miér Jul 23, 2014 3:33 pm

bueno el Chuvíscar es una presa que esta rodiada de sierra y ese luga sierra azul hay varios lugares que les llaman asi en aquellos tiempos tal vez la campana de la cateral si se escuchaba a hora ya no interesante historia y sobre todo que hay dos personas que tienen prospectando la sierra del chuviscar dos años se disen que no han encontrado nada
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Re: derrotero del indio nicolas

Mensaje  BOW HUNTER el Jue Jul 24, 2014 8:19 pm

Gran historia
A darle seguimiento
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Re: derrotero del indio nicolas

Mensaje  Mateo el Dom Jul 27, 2014 8:28 pm

la historia esta muy buena compañero,felicidadesss!!!
todos queremos tener historias asi para prospectar yprospectar    
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Re: derrotero del indio nicolas

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